
Dios es demasiado santo para nosotros… pero, a través de Su gracia, quiere que nosotros seamos también santos.
Sin duda, el Sermón de la Montaña nos muestra la
inutilidad de intentar ser justificados ante Dios por nuestro bien
comportamiento, y sin embargo también nos ofrece un plano de lo que fuimos
destinados a ser.
En otras palabras, ese es el “modo de vida” en el cual
fuimos bautizados y que Dios quisiera que creciéramos… los únicos caminos que
resultan en bendición para nosotros y todos los que nos rodean.
Veamos lo que dice el apóstol Pablo:
Hermanos, yo no pude hablarles como a personas
espirituales sino como a gente carnal, como a niños en Cristo. Les di a beber
leche, pues no eran capaces de asimilar alimento sólido, ni lo son todavía,
porque aun son gente carnal. Pues mientras haya entre ustedes celos, contiendas
y divisiones, serán gente carnal y vivirán según criterios humanos. [1
Corintios 3:1-3]
Evidentemente Pablo cree que debemos mejorar. Que debemos
crecer en nuestro entendimiento sobre quién es Dios y quien somos cada uno de nosotros.
Debemos señalar y recordar que Pablo nos da también un
diagrama del proceso para madurar en su confesión:
Sabemos que la ley es espiritual pero yo soy un simple
ser carnal, que ha sido vendido como esclavo al pecado. No entiendo qué me pasa, pues no hago lo que quiero, sino lo que
aborrezco. Y si hago lo que no quiero hacer, compruebo entonces que la ley es
buena. De modo que no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que habita
en mí. Yo sé que en mí, esto es, en mi naturaleza humana, no habita el bien; porque el desear el bien esta en mí, pero
no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero.
Y si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que
habita en mí. Entonces, aunque quiero hacer el bien, descubro esta ley: que el
mal está en mí. Porque, según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios;
pero encuentro que hay otra ley en mis
miembros, la cual se rebela contra la ley de mi mente y me mantiene sujeto a la
ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me
librará de este cuerpo de muerte? Doy gracias a Dios, por medio de nuestro
Señor Jesucristo. [Romanos 7:14-25]
Como creyente, no únicamente somos santos, pero
pecadores puesto que el pecado sigue radicando en nosotros… Así que
experimentaremos situaciones como lo que describe Pablo.
Y como creyentes seremos más capaces de captar esas
luchas peculiares en nuestro ser. Por ejemplo, darnos cuenta de que la ley
puede provocar el pecado de la soberbia (religiosa)… pedantería.
Aunque el decirnos “no hagas menos a los demás” no
crea en nosotros el deseo de hacerlo, existe la tentación de enaltecernos por
no ser como aquellos que hacen menos a los demás – o incluso enorgullecernos de
saber que estamos orgullosos de no ser como aquellos que hacen menos a los demás.
Todo esto demuestra que aunque seamos Cristianos aun
somos seres que estamos seriamente infectados del pecado – ese pecado que no
será completamente erradicado hasta el Último Día.
No solamente tendremos experiencias como las descritas
por Pablo, pero nuestro viejo Adán en ocasiones contraatacará para que la ley
no nada más revele el pecado que queremos confesar y vencer, pero dará fuerzas
a la pecaminosidad que sigue viviendo en nosotros… para que nos sintamos
abrumados por la tentación, por malos deseos…
Es ahí cuando como Pedro que se hundía en las aguas
del Mar de Galilea, recordando la bondad y misericordia del Señor, debemos
gritar: “¡Señor, sálvame!”
Pues para esto vino Jesús a la tierra e hizo todo lo
que hizo… por cada uno de nosotros. Incluso cuando estemos completamente
hundidos.
Para comprobar nuestro consuelo en Cristo veamos:
Tú volverás a tener misericordia de nosotros, sepultarás
nuestras iniquidades, y arrojarás al mar profundo todos nuestros pecados. (Miqueas 7:19)
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